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FIN DE LA ESTADÍA EN ÁFRICA

1) DIARIO DE UN VIAJE POR ÁFRICA Y ASIA
Fin de la estadía en África
Por Natalia Quiñones y Gustavo González (4ta. Semana)
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COMCOSUR INFORMA AÑO 17 – No. 1819 – jueves 15.06.2017
“Todas las estructuras del poder popular que estábamos construyendo se hicieron presentes, tomaron voz, en una radio que no quería tanto hablarle al pueblo. Quería que el pueblo hablara.” RADIO VENCEREMOS
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1) DIARIO DE UN VIAJE POR ÁFRICA Y ASIA
Fin de la estadía en África

Por Natalia Quiñones y Gustavo González (4ta. Semana)

Día 25. Más visitas en Salima.
Lunes 5 de junio.

Durante las más de tres horas de viaje que nos tocaron ahora, nos dedicamos a registrar las imágenes más representativas de lo que hemos visto de Malawi y de los habitantes de sus paisajes rurales a nuestro paso por sus carreteras.

Pululan por los campos de África, como soberana fauna regente, incontable cantidad de cabritas de todos los tamaños, para la leche de los niños y la carne de los comerciantes. Al rato aparecerán colgados sus cadáveres mutilados en las más tristes carnicerías, a la merced del aire libre, para su mayor vistosidad. A sus orillas transitan cientos de mujeres y niñas con ánforas repletas de agua, maíz o leña sobre sus cabezas, quienes parecen surcar extenuantes distancias, varias horas a diario, con tal de que a nadie le falte el sorbo, el bocado, la chispa de la vida en casa. Sus infantes, los infaltables, se apretujan contra sus espaldas en un ligero vaivén, como meciéndose al ritmo del oleaje que proviene de sus faldas. Son interminables los patrones dibujados en estos lienzos, ¡únicos en su clase!, ninguno se repite. Entre un par de valientes arbustos todavía en pie, yacen acostadas planicies y montañas de formas raras y verdores ocasionales, parchadas únicamente por pastos quemados hasta las cenizas y una que otra milpa ya cosechada. Sobre los múltiples colores de estas tierras, siguen caminando descalzos los niños sin rumbo.

Y cuando la gente junta los excedentes de los cultivos para transarlos, como por arte de feudales magias, aparecen algunos mercados locales en el panorama. Fieles al Corán, a la Biblia y un ciento de profetas hermanos, se erigen aquellos templos que dicen dedicarse a la prédica de buenas nuevas, que tanto sobran acá en vista de la ausencia de justicias divinas. Ya como cosa extraña, también, sobresalen las escuelitas: decaídos personajes ante tanta sequía y abandono.
Luego de horas de repasar con la vista todo aquello, el momento en el que volvemos a conversar con la gente nos resulta de lo más refrescante. Son todos de un trato muy afable, que transmite tranquilidad, siempre en la disposición de ayudar con cualquier cosa que se les pida apoyo. Como prueba de ello tenemos el encuentro de hoy y siempre con otra asamblea de heroicas mujeres agrupadas en un núcleo de grupos de ahorro, denominado Msangu. Ellas nos expusieron varios de los serios problemas que han venido enfrentando para lograr la construcción de sus viviendas. Todas y cada una de ellas, desde la solitaria individualidad, apenas han podido contar con el impulso de sus propios ahorros. Para la mayoría, este esfuerzo es claramente insuficiente, por lo que los resultados no son capaces de arrancarles siquiera una sonrisa disimulada: no estamos felices, no estamos a gusto con lo que nos hemos podido financiar, para terminar nuestras viviendas como las queremos, nos falta todavía mucho más.

Según los cálculos de estas familias, ahorrar los montos que puedan cubrir las primeras compras de materiales, aprender a elaborar los ladrillos y cementos artesanales, dominar las técnicas constructivas más básicas por su cuenta y concretar la construcción de sus viviendas hasta donde cubra la cobija del dinero acumulado, puede tomarles entre cinco y hasta siete años del más tosco trabajo y una paciencia taladrante. Entretanto, el hambre apremia, el tormento no cede, los hijos crecen, el agua se agota.

La sinceridad de la gente al respecto, además de la evidencia colectada con nuestros propios sentidos, nos invita a plantear en la cancha una vez más la imperiosa necesidad de plantarse frente al Estado para exigir el cumplimiento de la parte que le corresponde y así garantizar este derecho para la gente más desposeída. Esto lo pensamos y lo comunicamos con toda la sencillez posible hacia la gente, subrayando los énfasis con nuestras miradas, con toda la calma que ello requiere: porque la incidencia política ha sido desplazada, censurada, olvidada de la agenda de los pueblos africanos. Y aun así nos damos cuenta que, en el preciso instante que nosotros introducimos el tema, es la gente la que comprende con la mayor de las naturalidades nuestra invitación a la lucha.

La segunda aldea que visitamos hoy, Chitsanzo, rebosante de las típicas casitas con techos de paja y paredes de tierra, nos regaló el mismo sentimiento que la comunidad anterior, pero con mucha más preocupación por la falta de servicios. Por estos parajes, caminando a paso tranquilo, conversamos con varias familias que han logrado construir sus viviendas con ahorros propios pero que continúan amenazadas por la ausencia absoluta de infraestructura y provisión de lo más esencial en una vivienda adecuada: energía eléctrica, saneamiento, agua potable. Todo indica que estos reclamos no se asoman siquiera por el ideal de vivienda que conciben para su futuro.

De una manera muy dolorosa, Msangu y Chitsanzo nos reafirman las inmensas posibilidades de desarrollar el modelo cooperativo en las condiciones que Malawi ofrece para sus habitantes más olvidados: la vida en estas aldeas trae a la luz el mismo espíritu de colectividad que se apodera de las comunidades cooperativas cuando la convivencia se vuelve su tarea común. La vida humana depende siempre de la cooperación que podremos brindarnos entre todos. Ante la necesidad, no se nos permite otra salida y lo más correcto es que así sea.

Y como siempre entre toda nube grisácea se cuelan destellos de luz, no hay día que pase sin que sintamos que hemos adelantado pasos importantes, por muy pequeños que sean. Hoy, por primera vez, uno de los compañeros de la Federación reconoció la importancia clave de promover un horizonte de lucha para los sectores populares de su país, con los que deben trabajar más de cerca y a fondo este mensaje. Estos compañeros, que guían nuestros encuentros con las comunidades, poco a poco, parece que van entendiendo nuestra propuesta.

Día 26. Visitas en Mangochi.
Martes 6 de junio.

Otro día que nos despertamos a orillas del Lago Malawi y su oleaje enmudecido; esta vez, desde el distrito de Mangochi. La noche anterior, nos percatamos de que son muchísimos los hogares que viven en la más abyecta precariedad, justo al lado de este gran cuerpo de agua minado por lujosos restaurantes y hoteles de cuatro o más estrellas. Es por eso que, desde temprano, observamos a las fauces de sus playas llenándose de familias enteras de pescadores, acudiendo en cardúmenes al plácido servicio de sus aguas. Tejen atarrayas sin fin, estrujan la ropa ayer usada contra las piedras, se juegan un partido de fútbol los niños mientras las niñas se ríen a carcajadas. Aún en la miseria, la vida parece que se renueva con los aspavientos del sol y las corrientes de agua dulce de este pequeño mar.

Fuimos a encontrarnos con la siguiente comunidad justo a la hora que el calor comienza a espesarse con el aire. Luego de kilómetros de maleza y restos de milpas secas, llegamos al punto donde nos reuniríamos con varias mujeres campesinas habitantes de Matumula, acogedora aldea del distrito de Mangochi, quienes han conformado dos grupos de ahorro bajo el nombre “Arinafe”, uno y dos, que significa “estamos juntos” en la lengua de su tribu, el yao. Con este grupo, no hay dónde perderse: desde el momento en el que nos dan la bienvenida, nos damos cuenta de lo unidas que son: su convocatoria está hecha de pólvora, hablan a nombre de toda la comunidad y vociferan en sus cantos y bailes puras consignas colectivas. “¡Vamos todos hacia adelante, no retrocedemos más!”, afirma uno de sus estribillos, enardecidas de mucha fuerza y entereza. Como diríamos nosotros: para atrás, ¡ni para coger impulso! Así, con mucho orgullo y claridad, nos contaron su historia organizativa, los planes que han discutido ahora para resolver el tema de la vivienda, así como los problemas que han enfrentado las pocas que, con sus escasos ahorros, han empezado a construir mejores viviendas para sus familias. Nos enteramos también de que acá, con ellas y con otros grupos similares de la zona, We Effect ha desarrollado un fuerte trabajo de asesoramiento y seguimiento organizativo importante, con resultados de gran importancia.
Y como en todo encuentro nos sucede, para calar a la gente con nuestro mensaje, nos vemos forzados a sortear, con toda la creatividad posible, la barrera ineludible de al menos tres idiomas diferentes. Hasta la fecha, hemos trabajado muy bien en conjunto la traducción de Gustavo al inglés, por parte de Natalia, y de los traductores culturales que se comunican directamente con la gente.

Exponemos ideas cortas, mensajes breves y concisos, acompañándonos siempre de anécdotas muy cercanas a la realidad de los sectores populares, con las que el sabor del chiste siempre cae muy bien. Tratamos de presentar todo de manera muy entendible y jocosa a la vez. Gustavo, en particular, nunca imaginó que el haber nacido con el candombe del Uruguay, le fuera a servir tanto para romper el hielo con el pueblo africano: bien dicen que la música es casi que un lenguaje universal.

Así pues, en la medida que vamos compartiendo nuestra experiencia y algunos consejos de apoyo con este grupo, nos dejamos atrapar por la buena vibra que sus mujeres y niños nos transmiten, convenciéndonos más y más de que, con este grupo, puede desarrollarse un excelente pilotaje del modelo para la rural Malawi, a la cual el mundo no ha hecho más que darle una mano que corta como un cuchillo de doble filo. Esta impresión lleva consigo una luz; porque este grupo, con los reducidos apoyos que han llegado hasta acá, cultivan la tierra de manera colectiva, luchan por cumplir con sus ahorros al día, discuten sobre los retos que todavía tienen encima para estar mejor y se debaten cómo encararlos sin dejar a nadie de la comunidad atrás. Uno de esos temas pendientes es el de la vivienda, para el cual demuestran tener todas las condiciones fundamentales que el modelo cooperativo exige para resolverlo: necesidad, convicción y la voluntad en firme para la acción.

Siguen doliéndonos profundamente las terribles injusticias que los más pobres del mundo, de los que Malawi es madre fecunda, han sufrido generaciones milenarias en aldeas como esta. Visitar esas tierras e interactuar con sus pobladores nos ha permitido ver, hasta ahora, conocer a la misteriosa África desde lo más oscuro de sus entrañas, más allá de lo que los telones neo imperialistas nos quieran hacer creer como toda la verdad. Todo esto, más allá de nutrir nuestro marco de análisis, nos permite ampliar nuestros márgenes de maniobra, reducir nuestro temor de equivocarnos al mínimo, de cara la expansión estratégica del modelo cooperativo en este continente. Cada mirada, palabra, canto que África nos regala nos convence de que aquí hay miles de resistencias vivas y luchas en ciernes, por más que durante siglos hayan intentado soterrarlas.

Quedándonos ya pocos días en África, vamos definiendo un buen número de conclusiones que podrían ayudarnos a delinear un trabajo futuro en la región para desarrollar junto a los compañeros de las organizaciones locales que hemos conocido acá. Vemos, como ya lo hemos mencionado, muchas potencialidades en varios de los grupos que hemos tenido el placer de conocer, lo que nos llena de una gran satisfacción: aquello de que, aún en las peores condiciones, debemos desarrollar una tarea transformadora, aquí se pone al rojo vivo.

Día 27. Visitas en Machinga.
Miércoles 7 de junio.

Hoy tuvimos que despedirnos de las costas y agradables climas del Lago Malawi para nuevamente encontrarnos con otro grupo de pobladores locales en necesidad de vivienda. Para nuestra última parada acá en Machinga, fuimos recibidos en una humilde casita, rodeada de caminos de tierra y campos de tranquilidad. Ahí nos esperaba un grupo de más unas quince mujeres, todas sentadas sobre un pobre intento de tapete, debajo un sol descaradamente inclemente.

Una de las lideresas del grupo, Joyce, nos lo presentó como una cooperativa de vivienda que se formó hace cinco años por mujeres organizadas en más de once grupos de ahorro de la localidad. No podrían haberle puesto un nombre más apropiado a su iniciativa: “Tiyanjane”, que en chewa significa “juntémonos”. El año pasado, nos manifestaron, fueron capaces de conseguir que el Consejo de la localidad les otorgara un terreno municipal, por así decirlo. El problema ha surgido ahora en razón de que el Consejo, aunque ya todas terminaron de pagar sus respectivos lotes, les ha achicado el área de las parcelas y ha evadido su responsabilidad de dar títulos por las áreas que negoció al principio con estas familias. Este gran impasse en las proyecciones de las compañeras todavía está en proceso de ser resuelto.

Quizá lo más interesante entonces, de todo su proceso, ha sido el salto que han decidido dar como integrantes de grupos de ahorro a integrantes de una iniciativa colectiva de lucha por la vivienda, sobre todo porque han identificado una alternativa atractiva en el esquema cooperativo. Dicho esto, nos manifestaron de tajo su interés en conocer con mayor profundidad sobre el modelo cooperativista de vivienda desarrollado por We Effect.

Enseguida nos pusimos a explicar, siempre recurriendo a las historias sencillas de la vida de Gustavo como eterno cooperativista, la esencialidad del modelo. Y como con este tipo de comunidades no existe ninguna posibilidad de contar con nuevas tecnologías para apoyar nuestras exposiciones, toca desenvolverse con la palabra desnuda, el gesto al descubierto, lo que esté al alcance de las manos, para lograr explicar, lo más sencillo y breve posible, la complejidad de nuestra propuesta.

Cuál presentación en power point ni que nada; tuvimos que auxiliarnos de la misma tierra por esta vez. En el piso de polvo que nos sirvió de espacio de reunión, se nos ocurrió hacer dibujitos, esquemas muy simples, que guiaran el desarrollo de nuestras ideas, para ejemplificar el proceso constructivo que se desarrolla bajo el modelo cooperativo. ¡Y vaya que surtió efecto! Así pues, poco importa el nivel de avance tecnológico que tengan nuestras herramientas de trabajo para efectos de compartir un mensaje con la gente: serán todas útiles para transmitir cualquier contenido en la medida que sepamos ocuparlas. Tenemos que tener en cuenta siempre que, si nuestros encuentros con la gente serán al aire libre, o simplemente donde no existan las condiciones infraestructurales mínimas para montar proyectores y computadoras, habrá que improvisar con lo que haya disponible: para diseñar las formas orales y visuales con las que vamos a moldear y revestir los contenidos a impartir, se vuelve imperante la necesidad de desarrollar una creatividad salvaje.

Ahora bien, sobre la génesis de los grupos que hemos conocido en Malawi, empezamos a concluir que no difiere mayor cosa entre uno y otro: nacieron todos con la finalidad de ahorrar. Algunos, en el trayecto, comienzan a solicitar créditos para invertir en emprendimientos comerciales o productivos de muy reducida escala. Pero la vivienda, siendo una necesidad pendiente y completamente ineludible, ha estado siempre en la mente de la gente como un objetivo a conseguir. ¿El problema común? Cuesta mucho superarlo por cuenta propia, con lo poco que pueden ahorrar, quizá demasiado, y esto puede ser muy desalentador. Una que otra familia logra dar algunos pasos en este sentido, pero ninguna ha llegado tan lejos como para asegurar, de todo corazón, que esté feliz con los resultados.

Todo ello representa para nosotros el equivalente a las condiciones materiales necesarias para colocar las fundaciones de un modelo cooperativista de vivienda esencialmente africano: rural, de y para los pobres, con miras a la dignificación del hábitat de los más olvidados. Para que estos pininos tengan éxito, además, la incidencia política se tornará absolutamente necesaria. El dilema lo sigue colocando la poca confianza que vemos que estos sectores tienen en sí mismos y que, en toda África, se habla muy poco. Esto no impide que nosotros no dejemos de plantearlo: allí estará nuestra tarea fundamental. Así pues, con estas reflexiones, emprendemos finalmente vuelo hasta nuestro siguiente destino, uno que nos cuentan reside enterrado entre las montañas del sur de Malawi, hasta hoy desconocidas.

Día. Visitas en Blantyre.
Jueves 8 de junio.

En un día como este, muy cercano del invierno malauiés, la gran ciudad de Blantyre, de similares proporciones a la de Lilongüe, nos despierta con el frío arrullo de sus cerros, de donde bajan las neblinas a tapizar de claroscuros todo el cielo. Nos bebemos el café como brujería negra, para darnos la fuerza y el calor necesarios. Con este empuje, arrancamos y nos alejamos del pataleo de la ciudad para llegar a Machinjiri, pequeña localidad más rural que prei-urbana, donde nos esperaba el último grupo de compañeras con el que nos encontraríamos en este viaje por Malawi.
Se nos presentaron, con mucho entusiasmo, como los grupos de ahorro Tikondane, Tiyanjane y otros con el nombre del sector urbano del que provenían, como Área 7, 6, entre otras. Algo que siempre captura nuestra atención es el hecho de que estos grupos tienen una gran originalidad para elegir sus nombres: además, siempre se apegan a los más sanos sentimientos. Tikondane, por ejemplo, quiere decir “amarnos mutuamente” en chichewa, la lengua del pueblo malauiés.
Otro aspecto que les caracteriza es el tradicional respeto por el orden y la formalidad con la que preparan toda reunión, sobre todo si recibirán invitados especiales, como fuimos tratados nosotros. Las mujeres acostumbran descalzarse al llegar y sentarse directamente en el piso, todas juntitas. Hablan con un paso acelerado, con mucha claridad entre ellas mismas, sin rodeos ni vacilaciones en su propia lengua. Los hombres, en este tipo de situaciones, parecen tener su puesto claramente definido: sentados en banquillos, al lado o detrás del petate donde se nuclean las mujeres, sin hablar mucho, solo si es necesario y de manera muy puntual. Si bien son muy pocos los que están, solapados por la voz predominante de las mujeres, se vuelven todavía más ínfimos de lo que son.

Comenzamos a preguntarles sobre su historia organizativa y los logros obtenidos en cuanto al tema de la vivienda. Los varios grupos que conocimos hoy se unieron todos con el objetivo de aglutinar y apoyarse colectivamente para el ahorro, como todos los demás que hemos conocido en nuestra gira. Ahora que han decidido apostarle a solventar su problemática de la vivienda, han logrado comprar un terreno común en las delimitaciones de Machinjiri, en el que planean construir viviendas para cuarenta familias. Nos contaron que han comenzado ya a comprar los materiales de construcción para comenzar las obras. Han establecido ciertos ajustes en sus regímenes de ahorro para que todas puedan avanzar en esto a un ritmo parejo; es decir, tratando de que nadie se retrase demasiado. Esto nos pareció destacable de su parte: nos muestra que el valor de la colectividad, de la solidaridad, aunque en ciernes y en formas distintas, puede brotar en todo tipo de relación humana colectiva.

Aprovechamos la plática con estos dos grupos para colocar algunas cuestiones acerca de la construcción de las viviendas, que nos parecieron importantes para tenerlas muy en cuenta en el trabajo con estas comunidades. Insistir en el papel imprescindible que debe asumir el Estado es algo que no dejamos nunca de lado: lo desarrollamos siempre como un tarea paralela, políticamente integradora de los grupos con los que hablamos para que dimensionen su problemática como algo que concierne a los sectores populares más pobres de Malaui, no solo a su comunidad. También subrayamos en la necesidad de pensar el ideal o la meta de la vivienda más allá de las cuatro paredes y el techo: esta debe contar con todos los servicios más esenciales para la reproducción de la vida. Esto implica desarrollar una mentalidad distinta a la resignación que ha contaminado las esperanzas de la gente y les hace rendirse ante un Estado que “nunca querrá ni podrá” apoyar en nada. Hay que comenzar a pelear por un acceso a agua potable, de calidad, que no requiera que mujeres y niñas pierdan horas de su vida en llevarla desde los pozos hasta sus casas; por que la infraestructura de saneamiento no se vuelva un foco de enfermedades ni signifique riesgos para las familias, en el ánimo de ser “ecológicos”; por la disponibilidad plena de energía eléctrica, aunque sea generada por fuentes renovables; por la gesta de la vida y los cuidados de los hogares en condiciones absolutamente dignas, sin dejos naturalizadores de la violencia clasista y racista que perpetúa la pobreza de estos pueblos porque “así han vivido siempre; es parte de su cultura”. Sí, así están planteadas las cosas en este rincón del planeta. Por ello, para erradicar la precariedad en estos países desde sus raíces materiales, va a ser ineludible la sustitución inmediata de los andamiajes culturales, sociales e incluso mentales que mantienen vivo al complejo y la imagen africana de inferioridad frente al modo de vida occidental.

En realidad, cuando desarrollamos estos temas en nuestras discusiones con la gente, explicando que el modelo cooperativista nació, en definitiva, para dignificar la vida de la gente en lugar de adaptarse “a lo que haya”, notamos que lo entienden y, por ello, expresan el querer construir así.

Pero la pobreza, junto al olvido y la desolación que se vive en estos países, a espaldas de todo el mundo, es tan grande que el poder ver con “luces altas” no resulta fácil. La inmediatez le gana a cualquier planteo verdaderamente alternativo y revolucionario; de esto, es obvio que los sectores más poderosos se aprovechan. Y de esta tendencia no se salvan pero ni las oenegés supuestamente más “progresistas”, que también terminan planteando estrategias de derrota para la gente y acompañando salidas temporales, blandas, de limitado alcance y carentes de toda fuerza real para mejorar la situación de las mayorías. Y así desearán seguir por décadas, hasta donde aguante la cobija, como dicen en El Salvador.

A nuestro juicio, este es el debate central que el problema de la vivienda en África debe comenzar a plantearse hoy. Luego de años de escuchar sucesivos discursos del mismo corte derrotista y sin profundidad en América Latina, ahora, que África vuelva a intentar justificarnos de cien maneras distintas por qué “no se puede”, solo podemos tener una posición: reafirmar nuestro planteo del “sí se puede”, no solamente porque, por más inhóspito e inadecuado que parezcan los tiempos y sus entornos, apostarle al sí nunca ha sido más urgente e indispensable que ahora. Y reiteramos: sin una incidencia política bien hecha que esté orientada hacia la conquista de los instrumentos políticos indispensables para el desarrollo del modelo (financiación estatal, acceso a tierra y marcos legales favorables), querer resolver el problema de la vivienda es sencillamente imposible.

Natalia Quiñones y Gustavo González
COMCOSUR INFORMA Nº 1819 – 15/06/2017
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COMUNICACIÓN PARTICIPATIVA DESDE EL CONO SUR / COMCOSUR – 1994 – 19 de junio – 2017 – 23 años
Selección y producción: Beatriz Alonso, Henry Flores y Carlos Casares Apoyo técnico: Carlos Dárdano
Colaboran:
ALEMANIA: Antje Vieth y Carlos Ramos (Berlín)
ARGENTINA: Eduardo Abeleira
BRASIL: Carlos O. Catalogne (Florianópolis)
CENTROAMÉRICA: Gustavo González
ECUADOR: Kintto Lucas (Quito)
HOLANDA: Ramón Haniotis (Amsterdam)
SUIZA: Sergio Ferrari (Berna)
URUGUAY: Jorge Marrero (Santa Rosa), Margarita Merklen (Durazno), Pablo Alfano (Montevideo), Luis Sabini (Piriápolis, Maldonado)
Correspondencia: Proyectada 17 metros 5192 E (Parque Rivera) 11400 MONTEVIDEO – URUGUAY
E mail: comcosur@comcosur.com.uy
Web: nuevo.comcosur.org/
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Coordinación: Carlos Casares
COMCOSUR es miembro de la Asociación Mundial de Radios Comunitarias – AMARC COMCOSUR se mantiene con el trabajo voluntario de sus integrantes y no cuenta con ningún tipo de apoyo institucional.
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